Siempre he defendido que los campos de golf son amigos del Medio Ambiente y una forma de preservación del mismo en unos casos, y en otros de mejora, con un incremento de su biodiversidad.
Santa Marina es un claro ejemplo de los primeros, como así lo refrenda la concesión del máximo galardón nacional en esta materia: el “Premio Madera Verde” en su edición 2007. Además, Santa Marina es un campo de golf singular y lo es por muchos motivos. Uno, por el tiempo transcurrido hasta conseguir hacerlo realidad.
Nada menos que 14 años desde que inicié mi relación con él. Otro es su emplazamiento, un auténtico reto para cualquier diseñador. Repleto de escenarios idílicos, pero donde lograr hilvanarlos para conseguir la secuencia del recorrido, se convierte en un auténtico ejercicio de diseño. Es también un trabajo de funambulista sin red. Aquí no existe la posibilidad de mover tierras de forma indiscriminada o recurrir a la voladura y transformar el terreno “domesticándolo” para que resulte más “dulce” a los jugadores empleando un presupuesto millonario. Se trata sólo de esculpir sobre él, sin alterar sus masas boscosas o sus cauces de agua, emplazando los hoyos de forma que el propio terreno sea el único protagonista. Él es el que nos ofrece la ubicación precisa para un tee, una calle, un green o un determinado obstáculo.
Para mí es un orgullo el poder presentarlo, no sólo cómo un campo en el que los jugadores tendrán que desplegar todas sus habilidades y conocimientos a la hora de plantarle cara y conseguir una buena tarjeta, sino hacerlo también como un exponente de la belleza y riqueza de nuestra tierra, ante todos los jugadores que desde cualquier lugar del mundo le visiten.

El 7 de Noviembre de 2009, Santa Marina celebró un Acto de Reconocimiento a Severiano Ballesteros mediante la presentación de una estatua fundida en bronce, de tres metros de altura realizada en su honor y ubicada al fondo del green del espectacular hoyo 18.



